Pepe Peña: de la palabra a la acción

Hoy tenemos la historia de un excéntrico del periodismo deportivo argentino que, en 1961, se puso al frente de Huracán prometiendo una revolución en el fútbol. Duró tres fechas.

El periodista deportivo es una categoría bastante particular dentro del mundo del fútbol. De por sí que ya no analiza el juego, sino que su prédica se basa en largar ciertas frases hechas para luego caer en estupideces del tipo “Boca es más grande que River” (o viceversa) o “Maradona es más grande que Messi” (o viceversa, también), en caso de hablar de la selección.

Es gente que en algún momento de su carrera en los medios perdió la capacidad de hablar en un tono normal. Porque ni siquiera se les pide que hablen bajo, sino que no griten. Por eso están interrumpiendo al del panel de enfrente –porque en los estudios los ubican por bandos- al grito de ES EL PEOR REFUERZO DEL CLUB EN LAS ÚLTIMAS TRES DÉCADAS, al referirse a un futbolista que jugó los primeros 30 minutos en el equipo. Porque nada de medias tintas. Señalan a los demás con la vara que no utilizan para su vida cotidiana: los timoratos que se escudan en la línea editorial vociferan que en el fútbol es a plata o mierda, a todo o nada. Esos mismos que miran para otro lado cuando el patrón se ensaña.

Pero no nos vayamos por las ramas, por mucho que tengamos que decir del periodismo deportivo. Bueno, si, la última: Muchos son gente sin mayor mérito que el contacto indicado, al ser relatores que no saben relatar, entrevistadores que no saben entrevistar, comentaristas que no saben comentar o especialistas que no saben de su especialidad. Mientras tanto, decenas de buenos periodistas quedan en la nada. Aunque también hay decenas de malos periodistas que copian a los malos periodistas que llegaron a las luces de la TV, como una epidemia nefasta que nadie puede frenar. Estos últimos generalmente son los que llegan.

Por todo lo expuesto ut supra, generalmente se ataca al periodista argumentando su desconocimiento en materia fútbol, porque opinar, opinamos todos. Se le pregunta qué haría con un equipo a su cargo, si sería un paladín del buen juego barcelonístico por más que se juegue la permanencia en la categoría o si tirarían sin vergüenza las pelotas a la calle. Esto no es nada raro, ya lo dijo el Pato Franzoni, director técnico de extenso currículum en el fútbol argentino:

En este sentido, hubo varios casos en la historia del fútbol sudamericano. El más conocido es el de Joao Saldanha, que ejerció en el campo del periodismo para luego ser campeón con Botafogo como DT. Luego dirigió a la selección de su país, considerándose el formador del plantel que se quedó con la Copa del Mundo en México ’70. Aunque vale decir que, en este caso, el personaje en cuestión había salido del ámbito del fútbol. Pero hubo otro que no.

El personaje en cuestión es José Gabriel “Pepe” Peña. Nacido en 1920 y con un pasado frustrado en las inferiores de All Boys (punto en común con muchos periodistas), entró al periodismo por hobby, haciendo un programa de radio mientras trabajaba en el rubro empresarial. De allí saltó directo a la redacción de la revista El Gráfico, el punto máximo al que podría aspirar un periodista deportivo en la década del ’50 en Argentina. Desde su cómoda redacción, Peña se caracterizaba por su lengua filosa y su estilo mordaz y sin concesiones (oh, vaya, otro parecido con el periodismo actual). Con el director de la revista, Dante Panzeri, y Adolfo Pedernera, hacían un programa radial llamado Fútbol al centímetro, que cobró bastante relevancia en la época.

Mencionábamos recién su capacidad para describir, en la fina línea que divide a la acidez de la mala leche. Por ejemplo, destacaba que Osvaldo Nardiello (delantero de Boca hasta principios de la década del ’60) jugaba “con un balde en la cabeza”. Sobre Pedro Dellacha, defensor de Racing, tiró: “Aeronáutica va a prohibir el paso de aviones sobre la cancha donde él juegue porque un día los va a voltear de un pelotazo”.

Pepe, en su oficina, donde todo era más fácil.

Así y todo, Peña era bastante seguido, una voz autorizada al hablar de fútbol y al leer cómo se desarrollaba el torneo en las páginas de El Gráfico. Tan es así que el presidente de Boca, Alberto José Armando, lo buscó como asesor a finales de la década del ’50, pero no hubo acuerdo. Fue en 1961 el presidente de Huracán, Luis Seijo, lo consideró como una alternativa viable para la dirección técnica del primer equipo. A Pepe, que contaba con sólo cinco años de trayectoria en los medios y 0 (cero) en la práctica del deporte. De más está decir que ni Peña ni su amigo Panzeri querían a los entrenadores: este último llegó a escribir que la sigla DT en realidad venía de “Decí Tarado”. Pero bueno, dato de color mediante, hacia allá fue el periodista devenido en técnico.

Fiel a su estilo, en su presentación les dijo a sus colegas que se venía una revolución, que ese Globo sería la columna vertebral de la selección argentina en el mundial de Chile y vaya uno a saber cuántas cosas más. Vale decir que Huracán había invertido fuerte para el nuevo torneo, contratando una docena de jugadores en los que se incluía el crack de la época Norberto Menéndez, por el que pagaron 10 millones de pesos.

Intentó enseñarle al mundo del fútbol cómo debía ser un entrenamiento. En las áreas ponía sogas en el suelo, para explicarles bisectrices a los arqueros, buscando que entendieran cómo podían achicarle el ángulo al atacante con sólo dar un paso. Colgó neumáticos de los travesaños para que los delanteros afinaran su puntería. También cambió los famosos conos por sillas, para que los jugadores gambetearan con mayor precisión. Por último, prohibió la entrada a los entrenamientos a periodistas y dirigentes. Por lo visto, no todas eran malas ideas, imaginemos qué lindo sería que en 2019 los programas de TV no se pasen 50 minutos analizando como entrena un equipo viendo un plano único a 80 metros de distancia.

De todos modos, esto no es lo más estrafalario. Como se menciona en la nota de Andrés Burgo para El Gráfico, varias décadas después:

  • Sobre el periodismo: “¿Por qué me dediqué a esto? Por vocación y por falta de capacidad. Estaba muy mal explotado el ramo deportes. No fui un creador ni un doctrinario. Fui un agente de la fatalidad. O lo hacía yo o no lo hacía nadie. No soy dueño de la verdad absoluta, pero no se podía vivir más de chácharas inconducentes. Los comentaristas son medrosos, no arriesgan. ¿Cuáles me gustan? De los importantes, nadie
  • “No permito que nadie vea mis prácticas, hay espías. El presidente del club tampoco podrá presenciar prácticas. Ni discutir esquemas. Nadie (golpeando la mesa)”.
  • “¿Si me importa la conducta? Claro. Antes de cada partido voy a hablar con el árbitro y le pediré que me anote el nombre del jugador que le comente los fallos. No quiero que le protesten. Y al que lo haga, lo multo“.
  • El plantel deberá concurrir todos los días a las clases teóricas para estar al tanto de cuantas novedades se originen en el campo de la estrategia. Y los jugadores, además, reestablecerán el pechazo como un retorno de las formas más puras del viril deporte”.
  • “Peña les pidió a sus jugadores que, si Huracán iba ganando un partido y contaba con un tiro libre a su favor cerca de su área, le pasaran la pelota a su arquero para que este la dejara pasar –adentro de su arco– sin tocarla. Que, por reglamento, el árbitro debía cobrar córner y no gol. Y que de ese córner, como sus centrales cabeceaban bien, seguro que surgiría un contraataque para Huracán porque agarraría mal parados a los rivales. Ese delirio, sin embargo, nunca se puso en práctica”.

Uno podría pensar que si tenía todo tan fríamente calculado le iba a ir bien. Bueno, no. El fixture deparó que el debut sería nada menos que el clásico contra San Lorenzo. En la previa, fiel a su estilo, Peña dijo que Sanfilippo –figura del rival- era “un buzón, pero que algo había mejorado” y que su virtud era “jugar con una caña de pescar en la mano”. Ese 16 de abril de 1961, el partido no pudo ser peor: a los 10 minutos del segundo tiempo ya perdía 5-0, aunque dos goles del Globo (Diz y Menéndez) sobre el final maquillaron un poco la pálida actuación. Y sí, Sanfilippo le hizo dos goles.

La segunda fecha parecía una remontada, pero no fue más que la mejoría antes de la muerte. En Parque Patricios fue 2-2 con Vélez, con los goles de Eduardo Domínguez y Norberto Menéndez, mientras que Basílico y Volken marcaron para el Fortín. Es que a la fecha siguiente llegó un 4-2 en contra contra Atlanta y Peña presentó su renuncia. No llegó a hacer su revolución ni instaló a medio Huracán en la selección, ni nada de eso. Su nuevo fútbol se había comido once goles en 270 minutos.

Al menos, como cierre, nos quedan sus explicaciones, tal como fueron expuestas en El Gráfico:

  • Cuando le recordaban su fallida aventura en la dirección técnica, se lo tomaba con humor. “Yo no jugaba”, deslizaba canchero.
  • “Antes del primer partido, insistí en la importancia de algunas jugadas de ataque. Por eso le dije al wing derecho: “Cuando viene el córner, vos te parás delante del arquero de San Lorenzo, lo mirás fijo, pero bien fijo a los ojos, desentendiéndote de la pelota. Alguno de los contrarios, el arquero o un compañero, te va a empujar para sacarte. Te tirás al suelo como si te hubieran matado y seguro que nos dan un penal”. Empezó el partido y tuvimos un córner. El wing cumplió lo que le había pedido, y lo empujaron, pero no se tiró. No pasó nada y perdimos por cinco goles. En el vestuario le pregunté por qué no se tiró, ¿y sabés que me contestó? “Atrás había unos abrojos bárbaros, mirá si me voy a tirar”. ¿Te das cuenta? ¡Abrojos!”, se maldijo.

Por eso, estimado lector, piense bien cuando insulte a un periodista deportivo y lo mande a la cancha. Podría pasar papelones aún mayores.

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